ISLA MAURICIO: Desde la esclavitud al poder

  1. Reflexiones tras la vuelta

“Es la India y no es la India.Es familiar y extraño a la vez”
Srilata Ravi (escritora india)

Cada vez me cuesta más escribir sobre mis viajes. Me doy cuenta de que voy posponiendo el relato hasta que se diluye en el tiempo. Dejo reposar el primer sentimiento tras la vuelta y luego espero hasta que encuentro una manera de abordarlo. Pero en mis últimos periplos no he tenido la necesidad de contarlos por varios motivos, aunque especialmente se trata de que cada vez vuelvo más confundida. Con el tiempo estoy menos segura de que lo que he visto es la realidad y que tal vez me he dejado llevar por ideas preconcebidas. Por motivos laborales no puedo dedicar más de tres semanas a un mismo destino, por ello si no vuelvo varias veces me parece que no he entendido nada, que he dejado escapar la esencia y que me he quedado con la carapaza.
A veces cuando leo un libro de viajes sobre un destino próximo, cuando viajo a ese lugar me encuentro que no he percibido nada de lo que el escritor me dejaba entrever o no solo eso, de lo que me había repetido hasta la saciedad en un libro de 300 páginas. Con la edad me estoy volviendo más crítica, o menos perspicaz, o más lenta de reflejos.

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Para empaparme de la cultura y hábitos de un lugar suelo leer durante meses literatura, sociología, historia. Me gusta estar enterada de lo que puedo encontrarme allí en el ámbito intelectual, en las costumbres, en la vida política. Sin embargo comienzo a dudar de mi otrora mejor arma, mi intuición.
Y cuento todo esto porque en uno de mis últimos viajes me pasó exactamente esto que detallo. Yo había tomado algunas notas, no suelo escribir demasiado durante el viaje, prefiero pasar el mayor tiempo posible charlando con la gente. Había leído relatos de viajes, literatura y mantenido una correspondencia regular con algún intelectual del lugar que me dio claves para una posible visita, nunca informaciones turísticas porque para esas no tienes más que comprarte una guía y vas sobrado. Cuando viajo suelo empezar el contacto en el avión si encuentro algún viajero del lugar y voy preguntando curiosidades. Hay gente a la que le encanta contar su tierra, sin embargo otros no se muestran muy dados a intercambiar alguna palabra en un avión con extraños, y eso que la vecindad puede ser durante interminables horas. Después me interesa charlar con los taxistas, por lo que siempre tomo algún taxi y saco la información que me parece. Esa que luego te permitirá brillar en sociedad, cuando cuentes tal o tal scoop que te contó un taxista en Delhi, o en New York o dónde sea. Pero suelo obviar muchas de esas anécdotas en mis pequeñas crónicas porque para contar esas cosas ya están Theroux , que lo relata de maravilla, o Colin Thubron tan british y educado, pero que se las sabe todas. También charlo con camareros y demás personal que puedo abordar fácilmente. Los policías son interesantes si una se hace un poco la tonta y la perdida. Nunca hay que parecer demasiado enterada, pues eso levanta sospechas en ciertos lugares. El súmmum de los encuentros y las charlas es cuando una logra toparse con alguna celebridad local o extranjera en visita, o con algún intelectual. No es corriente, pero puede pasar. Esas ya no son solo las cosas que no cuentas, sino las que guardas para ti como un tesoro, solo que no puedes obviar ser un poco narcisista y en algún momento solicitas la foto de rigor, para algún día poder dar fe si es necesario, y también poder enseñarla si preciso y decir eso de “sí me topé con él o ella en tal lugar y charlamos un rato, o me invitó a un café, o a comer”, pero dejando siempre en el misterio de lo que hablasteis. Eso te asegura que cuando seas ancianita podrás tener un libro de memorias que tus amistades se arrancarán de las manos….es un decir.

Maurice desde el aire

Maurice desde el aire

Si después de todo eso más la literatura del lugar que te has estado leyendo durante meses o el periódico local que casi lees on line más que los de aquí. Si vas, viajas y al volver alguien te dice que no has comprendido nada y que tu visión es sesgada y por supuesto nada acorde con la realidad, porque tu has visto una fachada, pero no lo que hay detrás, entonces ya empiezas a dudar de tus capacidades y te dices que mejor que hables de tu gato o de tus lecturas, porque eso al menos lo dominas, o piensas que lo dominas.
Eso me está pasando más de lo que debiera y por eso ya casi ni hablo de viajes. Voy, conozco, charlo, disfruto, aprendo y al volver creo que no tengo ya ganas de intercambiar ninguna opinión porque por supuesto las mías serán sesgadas, folclóricas y poco fiables. Sin embargo el blog es muy modesto, no lo empecé para que lo leyera más que mi hijo. Pensé que algún día le gustaría saber algo de su madre y me pareció divertido. Más que nada porque cuando me ponía en contacto con alguien lejano para interesarme por algún tema quedaba bastante bien decir, “si es que tengo un blog y me gustaría saber”…eso da un poco de credibilidad aunque no lo imaginemos. Quién se toma el tiempo para escribir un blog y no está haciendo otras muchas cosas parece más fiable para darle algún tipo de información. Eso me ha ocurrido en algunas ocasiones en que por ejemplo encontré fotos maravillosas de los lugares que yo había visitado por que las mías, o se me habían borrado, por algún incidente desgraciado, o eran muy personales, y pude usarlas con el permiso del autor, incluso famoso fotógrafo, y además facilitándome otras muchas sin ningún interés. El blog modesto, porque mis salvadores no querían un blog con publicidad, me abrió puertas para solucionar mi pérdida de imágenes. Me refiero a todo esto porque este blog con apenas seguidores no está diríamos que obligado a contar, como esos otros dedicados a la información de viajes, itinerarios, precios, hoteles, y todo eso que podemos encontrar en la red a profusión. Yo simplemente quería dar una imagen de un lugar, lo más exacta posible a lo que yo creía ser la realidad para sobre todo hacerlo atractivo. Es verdad que en todos los lugares del mundo que he visitado he encontrado belleza, en todos los sentidos, no solo en la vertiente estética. Si luego resulta que lo que cuentas no es cierto porque llega tal persona y te dice que no te has enterado de nada, los ánimos de contar se reducen drásticamente. Cuando me lo dice un viajero como yo de quince días, aún me queda la esperanza de que estemos en igualdad de condiciones, puede que tenga razón o puede que la tenga yo. O puede que la realidad tenga dos vertientes válidas, o tres, o cuatro. Todo tiene que ver con el prisma con el que se observa. Sin embargo si me lo dice quién vive allí, entonces ya estoy perdida y es cierto eso de que no merece la pena que cuente nada. Con mi relato le pasará a quién lo lea como a mí con ciertos libros de viajes, que cuando visite el lugar no encontrará nada de lo que yo he contado. Pero yo no soy ninguno de esos autores eminentes que tiene a sus espaldas miles de kilómetros y años de experiencia. Seguro que ellos todo lo que cuentan tiene algo de verdad.
Todo este preámbulo no tiene más interés que explicar porque ya apenas escribo sobre mis viajes pues llueve sobre mojado.
Esto me pasa por querer saber demasiado y no parar de indagar hasta en el viaje de vuelta.

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Hace unos meses en el avión que me traía desde la isla Maurice hasta Dubai entablé conversación con una expatriada escocesa que vivía allí desde hacía un tiempo. Había vivido muchos años en Francia y hablaba un francés exquisito. Era una mujer de más de 50 que viajaba con su esposo, un hombre ya muy maduro y un hijo pequeño que debía de tener unos 12 años. Se habían establecido en Maurice por lo que pude entender, ya que en ese aspecto fue muy vaga, porque el marido había trabajado para un organismo internacional y en ese momento supongo ya jubilado se dedicaban, al menos ella, al negocio del ron. Dedicarse a un negocio como ese en Maurice no es un asunto baladí, porque el estado protege ese sector, uno de los más fuertes para la economía de la isla y es muy complicado poder entrar en competencia directa con los autóctonos. Muchos de ellos son los descendientes de las grandes familias criollas que han seguido manteniendo las propiedades y la explotación, pero que ya no tienen nada que decir en el plan político, y en el económico siguen manteniendo un cierto poder aparente porque todo está ya en manos de los descendientes de los trabajadores indios. Me pareció de su parte un poco presuntuoso querer entrar en un sector tan complicado en una economía muy protectora, pero evité hacer comentarios. Yo tenía ya una idea hecha de Mauricio después de dos semanas de viaje, además ya lo conocía anteriormente por haber estado de pasada hacia su isla hermana, Rodrigues. Me había encontrado con una pequeña isla que tenía grandes desigualdades, problemas económicos, tal vez incluso sociales, no demasiado aparentes, pero con todo ello para mí Maurice había logrado un equilibrio que los indios no habían podido tener en el subcontinente. Admiraba en cierta manera como esos emigrantes lejanos que llegaron en muchos casos como simple mano de obra esclava habían logrado hacerse con el poder en una isla dominada por la aristocracia criolla. Maurice era para mí un milagro, perdida en medio del Índico y sin ninguna ayuda externa, sobreviviendo a la crisis mundial con relativa calma. Y más incluso, una sociedad multicultural que gestionaba en paz sus múltiples pertenencias religiosas.

Playa en Maurice

Playa en Maurice

Mis ideas chocaron de pleno con lo que pensaba mi interlocutora, evidentemente mucho más enterada que yo de la realidad local. Maurice estaba dominada por los indios, que mantenían una tupida red de clientelismo, corrupción y lazos familiares que excluía al resto de los habitantes, en especial a los emigrantes europeos, relegados al mismo rango que los africanos en nuestros países. Ese fue más o menos el discurso que oí. La economía y el empleo estaban reservados a los mauriceños y el resto sufrían una especie de veto. Encontrar un trabajo en Maurice fuera de la rama turística relevaba del más puro azar. Pensé evidentemente que la escocesa no apreciaba a los indios, aunque no se pronunció al respecto. Tuve de inmediato la corazonada que evolucionaba en una sociedad paralela sin relación alguna con los lugareños, aunque no me pareció tampoco una persona que tuviera ningún sentimiento de superioridad cultural. En fin que lo que yo había pensado, ese paraíso igualitario y pacífico se me venía abajo. Me concedió sin embargo la razón en que Maurice era un paraíso para su hijo. Apenas había delitos graves y un niño podía salir en bicicleta por los caminos durante horas sin que sus padres se preocupasen. ¿Le gustaba realmente vivir allí? En cierto modo supuse que si, aunque cada año partían durante las vacaciones de verano de Maurice(su hijo seguía el calendario escolar inglés)que para ellos eran en el invierno austral y pasaban dos meses en Escocia. Como una suerte de resurgimiento para poder seguir el resto del año como expatriados en el “pseudo paraíso”. Supuse que muchos escoceses les envidiarían debido al clima y a la posibilidad de viajar tan lejos. Aunque en Maurice encontré centros comerciales a la europea estos no eran legión y databan de hacía pocos años. Mi interlocutora me comentó que cuando ellos llegaron a la isla apenas existían colmados que proponían un solo tipo de carne a la semana y el resto de vituallas había que conseguirlas en las pequeñas explotaciones agrícolas. Todo parecía mucho más simple con la proliferación de grandes hoteles y residencias de lujo de la jet set de medio mundo, pero el aprovisionamiento era complicado. En ese sentido me aseguró que todo había progresado bastante desde hacía un tiempo y que el abastecimiento era mucho más fácil y rápido. Yo tenía algo de razón cuando encontraba que Mauricio había progresado, aunque los cambios eran muy lentos, tanto como la tardanza del transporte marítimo, la vía por la que llegaban de Madagascar, África del sur, India o China la mayoría de las mercancías.

La fachada más conocida de la isla, las playas

La fachada más conocida de la isla, las playas

Durante la visita me interesé mucho por el tema del transporte y me habían informado de que los barcos con Madagascar eran los más regulares. El comercio con África del sur también era fluido, así como con la India de la que llegaban muchos de los productos de primera necesidad. Mauricio mantiene además un comercio regular con la isla más cercana, La Reunión, de la que la separan poco más de 3 horas de travesía.
Pero mi mayor interés era saber como en una época de revueltas en el plano religioso habían podido convivir en paz hindús, budistas, cristianos, musulmanes y demás creencias minoritarias. A cada persona con la que podía entablar una conversación le preguntaba por este aspecto, aunque sutilmente, por miedo a crear algún tipo de desconfianza. Todo el mundo me comentaba como en Maurice no existían este tipo de conflictos latentes y unos y otros participaban en fiestas y ceremonias de los vecinos sin que esto generara disturbios. Algunas chicas con las que abordé este tema eran de origen indio musulmán, residían en el distrito de Flacq, el mayor de la isla, situado al este y me comentaron sin dudarlo que la tolerancia religiosa era absoluta. Vivían en armonía con sus vecinos hindúes y no se sentían discriminadas.
Mi escocesa me negó rotundamente que esta pretendida armonía no fuera otra cosa que simple tolerancia del otro, pero no existía mezcla, ni se relacionaban en ceremonias o fiestas como los mauriceños me habían asegurado en múltiples ocasiones. Era para ella una situación de tregua en espera de acontecimientos, casi un polvorín. Yo no pude apreciar esta situación y cuando hablamos entre musulmanes de estos temas tuve la sensación de que me contaban la verdad sin embellecerla. Percibí un real deseo de ser todos mauriceños y no se notaba que el hecho religioso fuera una barrera. Sondeé más profundamente para saber si existían los matrimonios mixtos pero eran casi anecdóticos. Había, pero no era la regla. Si que eran corriente las uniones con extranjeros de otra religión y de hecho la colonia extranjera se nutre principalmente de estas personas.

Regresé por tanto a casa con una sensación extraña de haberme perdido algo o de no haber sabido realmente percibir cual era la verdadera situación en Mauricio. Eso es algo que me molesta particularmente. Cuando viajo quiero comprender y aprender. Es lógico volver con dudas, pero no volver diciendo que es preciso regresar para intentar conocer que se esconde tras la apariencia.
Una reflexión de mi interlocutora me dejó especialmente perpleja porque lo que yo encontraba más llamativo en Mauricio era como esos descendientes de esclavos habían conseguido en un lugar tan remoto crear una sociedad con menos desigualdades que la india. Los pueblos eran más coquetos y estaban mejor urbanizados que cualquiera en India, había una sensación de gobierno que a veces falta en la India. Para ella era una fachada, tras cualquier calle se escondían cosas mucho más sórdidas que lo que yo había visto. La miseria llevaba a los padres incluso a prostituir a los menores. Llegados a este punto ya no supe que alegar y me quedé perpleja. Cuando recuerdo esta conversación intento imaginarme que se tramaba tras la fachada y siento cierto malestar.
Como contar un viaje con esta losa encima, como decir que me gusta tanto Maurice, como alabar la gentileza inmensa de sus gentes tras esto. En pocos lugares del mundo me he sentido tan bien acogida como en Maurice, tan exquisitamente tratada, con esa mezcla de modales que van desde el savoir vivre francés al estilo british.
Todos los artículos que había leído sobre Maurice nada tenían que ver con todo esto. Se limitan a alabar sus playas, sus complejos hoteleros, el clima. Un pequeño paraíso exclusivo para ricos hasta hace unos años y que poco a poco se ha convertido en un destino más asequible, lugar de ensueño para parejas del mundo entero que se dan cita por unos días en sus playas y que pasan de puntillas sobre la realidad social de la isla.

2 Respuestas a “ISLA MAURICIO: Desde la esclavitud al poder

  1. Perdóname pero no entiendo tu pesadumbre, en muchas ocasiones, los viajeros interesados en una localidad la conocen de manera más amplia y completa que alguno de sus habitantes, que por mucho años que lleve en ella, se termina por amoldar a una rutina donde la mayor parte de sus convecinos están ausentes. En tu caso concreto, no son los británicos los mejor conocedores de las sociedades ya que históricamente han mostrado un falta absoluta de interés por mezclarse con otras culturas, solo las dominan y controlan.
    Tampoco es menos cierto, que los individuos tenemos ideas muy diferente
    sobre una misma realidad por muy objetivamente que queramos mostrarnos en nuestro análisis.
    Por lo poco que te conozco eres concienzuda hasta lo imposible a la hora de analizar cualquier cuestión, intentas llegar a la más invisible de las verdades pero hay temas donde inevitablemente siempre predomina las subjetividad del individuo y si tu interlocutora quiere que prevalezcan los casos sórdidos y ocultos sobre la mayoría de una sociedad que sin ser perfecta es más grata e igualitaria de lo habitual, pues te resaltará esos casos minoritarios.
    Si te sirve de algo, al menos para mí, tu opinión y tus apreciaciones valen mucho más que la que pueda encontrar en cualquier otro lugar.
    un abrazo
    plAcido

    • Yo creo que algunos expatriados se refugian entre ellos y no hacen ningún esfuerzo por relacionarse con la población local. Eso y los problemas administrativos que puedan sufrir en economías que son muy protectoras les llevan a considerar sus casos personales como universales. Si yo tengo un problema es que existe y es la norma. Pero yo no estoy de acuerdo. De todas formas cuando viajo no solo me importa el paisaje, los monumentos etc, quiero entablar conversaciones que me dejen ideas. Con ellas puedo crear un boceto de aproximación a la sociedad, nunca será la realidad fiel, pero se aproximará. Cuando alguien rebate todo lo que le cuentas es cuando te sientes un inútil, sobre todo que los demás te suelen decir, “el/ella sabrá más que tú que vive allí”. Tremenda frase que habremos escuchado cientos de veces y que como bien dices puede no ser cierta. Por ello es tan maravilloso hablar con muchos y variados personajes para intentar en el viaje, apercibir algo más tras la fachada que nos dejan ver a los turistas. Porque soy turista y no lo niego en absoluto, viajo por placer, por conocer y por admirar. Cuanto habría que contar de esa diferencia entre viajero y turista. Todos aspiramos a ser lo primero, viajando sin tiempo limitado, sin organización al milímetro, pero nos quedamos en lo primero con la connotación negativa que eso implica.Yo creo que lo mío es “el viaje como terapia” y ya lo contaré en un próximo artículo.El viaje como salvador, como oasis en una vida de estrés permanente y de sufrimiento físico. Me voy a Japón en 10 días. A ver si puedo traer muchas conversaciones de esas que relaten un país.

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